miércoles, 27 de octubre de 2010

PSU: LA PRUEBA QUE MARCA

PSU: LA PRUEBA QUE MARCA
SERGIO BARRÍA P.
El país continúa en una  borrachera narcisista que se ha visto incrementada desde la dictadura, permitiendo ocultar la extrema polarización  socio-económico del país y las gran concentración de las comunicaciones que, en definitiva, restringe  las libertades públicas.
Sin embargo, esa libertad negada a la ciudadanía se proyectó generosamente para el lucro desenfrenado de las empresas y “emprendedores” en todos los ámbitos del quehacer nacional, alcanzando y afectando a sectores sensibles para la vida de los ciudadanos y las propia sustentabilidad de las familias y la sociedad.
Así, sectores como la salud, el medioambiente y la educación muestran hoy la depredación que han sido objeto en aras del enriquecimiento rápido y a cualquier precio. Obviamente, todo con apego a las leyes piratas impuestas  por la dictadura y morigeradas por la democracia sin alterar su génesis neoliberal.
Una  de las grandes víctimas del sistema ha sido la educación, cuyo desarrollo descansa en el arribismo social desencadenado por la “sociedad del tener”, inaugurada por  los chicagos boys y continuada por la democracia, al punto de autoimponerse los padres e imponerle a sus hijos, desde su nacimiento, la obligación de llegar a la Universidad, aunque sea para engrosar – a futuro – el ejército de cesantes ilustrados o trabajadores precarios.
Se ignora así, sencillamente, las múltiples alternativas técnicas-profesionales, tanto o más promisorias y necesarias que las universitarias, que han hecho grande a los países desarrollados pero, por nuestros prejuicios, preferimos ignorarlas y no informar sobre ellas, de forma que a la fecha no conocemos, de parte de la autoridad,  un esfuerzo coordinado y sistemático para su desarrollo. Sin duda alguna, que de persistir en este camino seremos un país bananero más, saturado  de “doctores” sin técnicos, profesores ni mano de obra especializada.
De esta manera, el ser o no ser Universitario genera una  sociedad  segregada  automáticamente entre exitosos y fracasados, situación subliminal que afecta el desarrollo psíquico del o la joven con repercusiones  en su desempeño laboral futuro y en su comportamiento societal. Un fomento a esta exclusión lo observamos en el presente con la masificación  de Universidades, la mayoría de “tiza y pizarrón” que, subidos al carrusel del lucro, hacen del acceso a la educación superior un negocio en que lo único que cuenta es la capacidad económica del cliente-alumno.
Esta actividad fundamental para el  país, está cautiva del más brutal mercantilismo, reproduciéndose  automáticamente sustentada en la complicidad de la autoridad que, permanentemente, están ideando nuevas formas de esquilmar a los padres de familia a propósito de la educación de sus hijos.  Eso es justamente lo que han hecho con la proliferación de Institutos para preparar la Prueba de Selección Universitaria (PSU), reemplazante de lo que ayer fue la Prueba de Aptitud Académica (PAA). El monopolio comunicacional al servicio del neoliberalismo aterroriza permanentemente a los alumnos en torno a la famosa Prueba, carga psicológica  que les  persigue hasta su ingreso a la Universidad o al mundo del trabajo.
Más que una prueba debiera ser un evento obligatorio, nacional y gratuito  al final de la secundaria, para evaluar capacidad de abstracción, generalización, síntesis y comprensión, aptitudes que se adquieren en todo el curso de la enseñanza y no  a última hora, cuyos resultados debieran servir para  orientar al joven hacia diversas alternativas de carreras para nuestro desarrollo y que  no son sólo las universitarias.
La parafernalia montada en torno a la famosa Prueba constituye la culminación del fracaso de nuestro sistema educativo (preescolar, básico y secundario) que obliga a los estudiantes  cursar una  instancia adicional educativa-comercial para encontrar su destino en la sociedad. Pero,  sobre este fracaso de país, actuó la picardía del chileno, abriendo otras oportunidades de lucro en este campo: los Preuniversitarios  que, orgullosamente, el Mercurio  los destaca,  titulando “los padres deben pagar hasta tres millones de pesos al año para que sus hijos preparen la PSU”,  corolario de la esencia de la “igualdad de oportunidades” que proclama el gobierno; obvio, igualdad de oportunidades entre los poderosos. ¿Somos o no el paraíso de la riqueza fácil?.
Ahora bien, con respecto al ingreso a la Universidad, entendemos que a ella  debe llegar la juventud capacitada integralmente, vale decir, aquella con capacidad intelectual y atributos cívicos demostrables, como la participación en actividades de voluntariado en la comunidad, participación en organizaciones culturales, deportivas, etc. y sin que su ingreso esté condicionado por su capacidad económica, la que el Estado debiera garantizar  vía el presupuesto de la Nación. Si esta fuera la secuencia de nuestro sistema educativo, no caben dudas que tendríamos una juventud  más plena y feliz sin el peso de la responsabilidad de tener que pasar la fatídica prueba, aliviando de paso las finanzas familiares.

Santiago, 25 de Octubre de 2010.

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